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Crónica del concierto de Bruce Springsteen en Anoeta

Leyendo crónicas y comentarios sobre los primeros conciertos de Springsteen por el estado me topé con una frase que ahora utilizo, con permiso de su autor, para introducir mi propia crónica de lo visto y lo vivido en el concierto que Bruce Springsteen ofreció la noche del 2 de junio en el estadio de Anoeta de Donosti: “La vida es lo que ocurre entre dos conciertos de Bruce Springsteen“. Esta frase no dejaría de ser una boutade, pues fue pensada cuándo los conciertos del de New Jersey eran una excepción y demoraba sus visitas años, no como ahora que en el breve lapso de cinco años hemos tenido la oportunidad de verle cuatro veces, si no fuera por que lo ocurrido en el tiempo transcurrido entre el último concierto de Springsteen, 26 de julio de 2009 en San Mamés, y este último tiene la trascendencia de una vida, tanto en lo personal de quién suscribe como en lo sucedido en la sociedad en general.

En aquel verano de 2009, términos como “prima de riesgo” o “rescate” eran conocidos por una minoría y la temida crisis, que empezaba a notarse en otras zonas del estado, era una tímida brisa que apenas molestaba en Euskal Herria. Muchos acudieron, acudimos, a ese concierto con el título del disco que Springsteen presentaba en aquella gira en la cabeza: “Working On A Dream“, trabajando por un sueño. Unos con la esperanza de que hubiera sustanciales cambios en nuestro pequeño país, otros como el propio Bruce Springsteen, esperando que las reformas que el recién elegido Barack Obama había prometido se implantaran en su gran país y de paso, en el mundo, y otros con la esperanza de seguir viviendo su propio sueño que tanto les (nos) había costado alcanzar. Pasados tres años, nos despertamos de aquel sueño, viviendo una pesadilla diaria en la que una bola de demolición, una wreckin´ ball, se ha encargado de desmontar nuestro particular castillo de naipes para trasladarnos a una realidad tan incomprensible e inaceptable como ineludible.

Es por eso por lo que la gente busca un salvavidas al que aferrarse en estos tiempos de zozobra. Hace unas semanas fue el Athletic, que nos hizo olvidarnos de penas y sufrimientos por unos días y conseguir que tuviéramos ilusión, ganas de pelear, de seguir adelante, de levantarnos por la mañana sin frustración y aunque luego no resultara como hubiéramos deseado consiguió dar esperanzas a la gente. Springsteen juega un papel parecido. Es un artista que ha significado y significa mucho para mucha gente capaz de hacerse kilómetros y kilómetros siguiéndole de concierto en concierto, de cruzar el charco para pasear por el barrio en el que nació o de hacer colas de días para conseguir un buen sitio en un concierto. Es alguien que pese a que ha tenido sus baches creativos, nunca ha defraudado en aspectos de integridad y coherencia y aunque quizás él nunca haya pretendido ser tan trascendente, al fin y al cabo es un mero relator de historias musicadas y cada cosa que hace se convierte automáticamente en algo trascendental para mucha gente. Por eso el hecho de que una persona en edad de jubilarse, no olvidemos que tiene 62 años, que ha ganado más dinero, reconocimiento y elogios de los que pueda disfrutar, publique un disco en el que critica abiertamente, y acusa a los banqueros de la situación de crisis mundial en la que nos encontramos, que se lamenta de la pérdida de valores (sinceridad, solidaridad, fidelidad,…) que sufrimos y que además monta una gira mundial para denunciar desde el escenario esas situaciones y con su música darnos esperanzas, todo ello con un nivel artístico de primera y una pasión juvenil envidiable, es para no perdérselo.

No obstante, pese a lo dicho, decidimos relativizar el asunto y optamos por cambiar las colas de acceso al estadio para conseguir una posición privilegiada en el pit y tener la oportunidad de ver a Springsteen a escasos metros (de todas formas ya habíamos tenido la oportunidad de hacerlo con anterioridad), por colas para pedir pintxos en la parte vieja de Donosti. Accedimos al estadio solo media hora antes de la hora de comienzo del concierto, y a pesar de que nos lo tomamos con bastante tranquilidad, conseguimos un buen sitio a escasos dos metros de la valla que delimitaba el citado pit. La lluvia que a eso de las 20h empezó a caer y que nos dio la bienvenida a la entrada del recinto, hizo que la gente fuera más remolona al hora de entrar.

No por obvio, ni por esperado por los más fanáticos (je,je,je, lo comenté con un conocido poco antes de entrar) el comienzo del concierto con el tema de la Creedence Clearwater RevivalWho´ll Stop The Rain” debe ser pasado por alto. Un concierto que empieza así es presagio de que va a ser memorable. Lamentablemente no fue Springsteen quien consiguiera parar la lluvia esa noche, que en momentos arreció de lo lindo y que seguramente fue la causante de que el concierto tardara en arrancar, aunque luego nos enteramos que el de New Jersey arrastraba una lesión causada al saltar desde el piano en el anterior concierto de Berlín. Dos temas de su reciente trabajo siguieron a la apertura con la Creedence, “We Take Care Of Our Own” y “Wreckin´Ball“, demostrando que ambas son buenas composiciones, que han quedado un tanto desdibujadas al trasladarlas al disco y lastrarlas con una producción poco acertada, pero que en recintos grandes funcionan de maravilla en una suerte de arena rock a la que ayuda la tremenda banda de hasta quince músicos que acompaña a Bruce Springsteen en esta gira.

Uno de los detalles que fascina a los seguidores de Springsteen es que cambia de repertorio cada noche y siempre se guarda una o dos joyitas para los más fans, consiguiendo siempre set list equilibrados en el que temas para acérrimos seguidores, conviven con los temas nuevos y ambos con canciones greatest hits que no pueden faltar, consiguiendo además que (casi) no se note la diferencia de calidad entre los temas. Esta vez el siguiente tema del set “The Ties That Bind” fue mi particular dedicatoria. Un tema que me retrotrajo al colegio en la época en al que un gran amigo, que por suerte lo sigue siendo, me pasó una cinta con “The River” convirtiéndome a esta religión springstiniana. Aquí empezó a remontar el concierto, aunque en los dos temas siguientes “Death To My Hometown“, un tema de su último disco con aire irish y que lo introdujo y dedicó a quienes lo están pasando económicamente mal, y “My City of Ruins“, el cantante y la banda se mostraran algo fríos. Cosas de la lluvia, que por otro lado, dio un cariz épico al show. Pero a partir del séptimo tema “Spirit in the Night” aquello cambió por completo. Bruce se descolgó la guitarra, se caló una gorrita de paperboy y nos trasladó en el tiempo a Astbury Park, al Stone Pony y al soul. Por primera vez bajó al foso y saludó a la gente que lo recibió entusiasmada, entusiasmo que aumentó con el siguiente tema “Night“, it´s saturday night, baby,… y que se desbordó con el que siguió a este, “Does This Bus Stop At 82nd Street?“, un nuevo guiño a los viejos seguidores del Boss. Ahora sí, la banda sonaba redonda, los metales en su sitio rugían cuando era necesario o susurraban cuando la canción lo pedía. La batería del inconmensurable Max Weinberg atronaba, el bajo de Garry Tallent llevaba el ritmo de la canción, los teclados del maestro Roy Bittan dominaban la canción y las guitarras del viejo pirata Steve Van Zandt y de Nils Logfren echaban chispas. Y por encima de todos un Bruce exultante.

Tras esta tanda un tema de descanso, un baladón de su último trabajo “Jack Of All Trades“, momento que aproveché para escabullirme e ir a la barra. Tal era mi excitación que no quise esperar a que cambiaran el barril de cerveza y me llevé un katxi de kalimotxo (luego lo lamenté), pues el siguiente tema que estaba sonando era “Adam Raised A Cain“, con las guitarras to the max y que fundieron magistralmente con “Prove it All Night” con momento para lucimiento del sobrino de Clarence Clemons al saxo y un fabuloso solo de guitarra de Miami Stevie al final del tema que, sin solución de continuidad, se fundió con los acordes al piano que dan comienzo a “She´s The One“. Tremenda interpretación con todo el público coreando el tema y botando al ritmo de la trotona batería que dirige el tema, impresionaba mirar a tu lado y ver caras de felicidad, de éxtasis cuasi místico, mientras el cielo nos descargaba litros y litros de agua. El rockabilly de “Working on a Highway” nos recordaba que el rock se hizo para bailar, para disfrutar, para intentar ligarte a la preciosa rubia que está a tu lado y todo el estadio se puso a bailar.

Los siguientes temas “Shackled And Drawn” y “Waitin´on a Sunny Day” sirvieron para relajar el asunto. El segundo con la anécdota del chavalín que sacó Springsteen al escenario para cantar con él el estribillo, algo que hace habitualmente. Licencias comerciales que no desentonan en el global del concierto y que ayudan para ver a un Springsteen cercano y accesible, como si fuera uno de nosotros (o de nuestros hijos) el que ha tenido la suerte de conseguir un sueño (más nuestro que de nuestros hijos). El siguiente tema “Save My Love” pertenece al grupo de las concesiones a los más fanáticos extraído de ese disco “The Promise” que no se atrevió a publicar en su día y que finalmente lo hizo hace un par de años.

Solo con verle coger la harmónica, fruncir el ceño y acercarse al micrófono ya sabíamos que iba interpretar “The River“, un tema que para siempre estará asociado a un particular momento de mi vida. Lo canté de principio a fin, con un nudo en la garganta en algunos momentos, nudo que se mantuvo casi todo el siguiente tema “Backstreet” con esa intro de piano y Bruce punteando antes de comenzar a susurrar la canción. Por suerte, el tema siguiente “Badlands“, (adoro esta canción, ¡esa batería!) me sacó del ensimismamiento y me obligó a botar durante casi todo el tema y berrear el estribillo como si me fuera la vida en ello.

Con el último tema del set, “Land of Hope and Dreams” recuperamos al Bruce soul-man y tras finalizar el tema y sin retirarse a camerinos, la banda al completo comenzó el siguiente tema “Rocky Ground“. No me gusta esta canción así que aproveché para ir a la barra y pedir, ahora sí, un katxi de cerveza. Con el primer sorbo me sorprendieron lo acordes iniciales de “Born in The U.S.A.” tema que disfruté coreando y que unido a “Born To Run“, toda una declaración de intenciones unir ambos temas, hizo que perdiera por completo los papeles brindando a mis vecinos un antológico solo de air-guitar. El concierto estaba siendo apabullante y para redondearlo “Hungry Heart“, “The River” otra vez, con todo el publico coreando las primeras estrofas y bailando a ritmo con Bruce y para continuar la fiesta “Seven Nights To Rock” rock n´roll fifties para bailar y disfrutar de lo lindo. Y como ya estábamos todos animados, pues nada mejor que un “Dancing in the Dark“, en versión “Born in The U.S.A.” en el que aprovechó y sacó otro par de niñas a bailar con él al escenario, y que a buen seguro serían la envidia de todo el público femenino. Los iniciales acordes a los vientos de “Tenth Avenue Freeze-Out” anunciaban el final del concierto y el minuto de silencio de banda, que no de público, que rugió de tal forma que hasta el propio Clarence lo tuvo que oír donde quiera que esté, en el que se proyectaron imágenes del difunto saxofonista, sirvieron para rubricar un concierto apabullante, perfecto en su concepción para grandes estadios, con una banda en un estado de forma fenomenal y un artista en un estado de gracia permanente que corrobora el axioma que reza: a Bruce Springsteen hay que verle en directo sí o sí.

Crónica de @jparrob

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Un comentario el “Crónica del concierto de Bruce Springsteen en Anoeta

  1. Preciosa entrada que suscribo a tope! Bruce es vida, punto.

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